Me senté en mitad de la ciudad para ver todas las sombras que de pronto a mi lado pasaban.
Cada una con sus historias, sus preocupaciones, miradas y conversaciones.
Intenté buscar mi propia sombra y vi que se alejaba, que no estaba a mi lado, la había espantado con tanto miedo y asco que desprendía.
Sentada con las rodillas al pecho y la cabeza en las rodillas, el berrinche era inmenso.
Una mano amiga tocó mi hombro para sosegarme,para calmarme.
Palabras mágicas decoraron la oscuridad quee había construido y volví a mirar alrededor.
No había nadie, aquella sombra, mi sombra, se había paralizado al otro lado de la calle esperando ser llamada para volver a unirse a mis pies y seguir el camino, acompañándome a pesar del dolor.
Y es que, al final te das cuenta de que sin luz, no hay sombra que valga la pena que te acompañe.
Tratando de no dejar de brillar.