Vibra
el mundo al avanzar la gente acelerada por las manecillas del reloj. Ruido
abundante de zancadas, suspiros y fatigas por no alcanzar el tren.
Qué disparate
lo de las prisas, ni que fuera el tren de sus vidas.
Entre
el barullo de gente, aparecen sus ojos buscando algo que no tengo aún muy
claro.
Nos
cruzamos la mirada y rápido las desviamos.
Qué
sensación tan extraña, siento que me mira de reojo y a la vez me sonrojo.
Mi
teléfono me salva con una llamada, pero al instante noto que alguien me toca el
hombro.
Sin
más, me da un papel donde pone cómo se llama y su teléfono.
Por cortesía,
nos damos dos besos y el tren se planta delante de nosotros.
Ambos subimos,
y nos separamos a dos paradas. Un viaje interesante, una historia que comienza,
por casualidad.