Eran dos extraños,pero el destino hizo por juntarles y se casaron.
Pasaban los años y disfrutaban de sus vidas, cinco hijos y siempre dedicados al trabajo.
No se decían a menudo lo mucho que se querían y algún reproche aparecía cada día,a pesar de todo lo que sentían.
Después de varios años él se apagó. Dejó de ser quien era,y ella le valoró. Echaba de menos sus hazañas, sus historias y su amor.
Él no la recordaba, conocía su figura, pero no relacionaba. Sus manos se juntaban y un entorno cálido, parecía que les acunaba.
Las arrugas marcaban la trayectoria de una feliz vida disfrutada.
El amor, cuando es de verdad, ni se muere ni se olvida.